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Medstar II: Curandera Jedi Michael Reaves y Steve Perry Versión 1 - səhifə 39

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J

os, ¿qué pasa? —dijo Merit.

Contempló al humano que le bloqueaba la salida. La pistola láser que tenía en las manos estaba completamente inmóvil, como si su brazo estuviera hecho de madera.

—Tú mataste a Zan —dijo Jos sin inflexión en el tono.

El miedo surgió en las entrañas de Merit, como una flor de nitrógeno congelado. No dejó que se notara. De alguna forma, Jos había sospechado de él. No significaba que su identidad se hubiera descubierto; de ser así, probablemente habría tenido que enfrentarse al coronel Vaetes y a varios oficiales en lugar de al cirujano jefe del Uquemer. No era la primera vez que debía emplear la dialéctica para salir de una situación comprometida, y no sería la última, a menos que sus poderes de empatía y persuasión se desvanecieran por completo.

Habló con tono amable y expresión ligeramente atónita.

—No. Zan murió en el ataque separatista. El transporte sufrió el impacto de un proyectil perdido. Tú estabas allí, Jos. Y yo también, ¿recuerdas?

—Lo recuerdo —dijo Jos. Otro rayo de energía concentrada golpeó la cúpula, y la pirotecnia resultante le iluminó desde atrás. Casi parecía haber llegado desde otro plano superior, como un demonio sediento de venganza.

—Lo recuerdo —repitió—. Y también recuerdo que me ayudaste a aliviar el dolor, Klo. Recuerdo que tu comprensión, tu capacidad para hacer tan bien tu trabajo me ayudó a curarme, me ayudó a superarlo. Eso te lo debo, Klo. O te lo debería, pero como estuviste involucrado en el ataque separatista, creo que cualquier obligación que tuviera contigo, ha quedado anulada. ¿No?

¿Cómo va a saberlo? No puede saberlo. Lo sospecha, pero no lo sabe. He tenido mucho cuidado, no he dejado nada que…

Olvídate de eso ahora. Arregla el problema que tienes en este momento.

Él podía darle la vuelta a aquello. Después de todo, era un experto en manipulación y control emocional. Y, si tuviera tiempo, seguro que podría convencer a Jos de que se equivocaba, de que estaba en un error.

Pero se estaban quedando sin tiempo.

—Estás bajo mucha presión, Jos —dijo Merit—. No sé de dónde te has sacado esto, pero creo que deberíamos posponer cualquier discusión hasta que estemos sanos y salvos lejos de este planeta.

Jos se rió, pero las habilidades empáticas de Merit no percibieron humor ninguno. En lugar de eso, sintió su rabia controlada por una fría determinación, como un tapón de hielo obstruyendo un conducto volcánico.

—Perdona —dijo Jos—. Es que eso me ha hecho gracia… Que pienses que vas a alguna parte —el trueno retumbó, como haciendo eco a sus palabras.

En ese momento, Merit se dio cuenta de dos cosas. Una, quejos Van dar no actuaba en base a una sospecha. Lo sabía. Daba igual cómo lo había averiguado. Yeso le llevó a darse cuenta de la segunda cosa: si no mataba a Jos, Jos le mataría a él. Había jugado demasiadas partidas con él como para creer otra cosa.

Suspiró. La verdad es que Jos le caía bien, le admiraba. Le hubiera gustado abandonar Drongar sin tener que volver a matar, pero los deseos rara vez se hacían realidad.

Oculta en la manga derecha de su abrigo tenía una pequeña pistola láser.

—Hablando de presión —dijo Jos—, yo creo que tú también estás bajo mucha presión. ¿Cómo pudiste, Klo? ¿Qué te llevó a traicionar a tus amigos? ¿A tus clientes? ¿A matar a gente que conocías, gente con la que trabajabas, con la que comías, con la que jugabas a las cartas?

Dispara. Dispara y vete. Cada segundo que desperdicies con él te pondrá en mayor peligro.

—¿Has oído hablar alguna vez del sistema Nharl? —preguntó Merit.

—No.


—Eran cinco planetas alrededor de un sol. Uno de ellos era mi planeta, Equanus. ¿Sabes por qué no se ven muchos equanis por la galaxia, Jos? Porque quedamos muy pocos, cientos, miles como mucho, de una especie que en su momento superó los mil millones de seres. ¿Y sabes por qué quedamos tan pocos? Porque sólo sobrevivimos los que hace dos años, seis meses y tres días no estábamos en nuestro planeta.

Merit nunca había contado esa historia a nadie. Sabía que era una idiotez, incluso algo suicida, pero fue como si se le hubiera abierto una presa, psíquica. No sabía si podría detener las palabras, por mucho que deseara hacerlo.

—Hace dos años, seis meses y tres días, una llamarada solar brotó de nuestro sol situado a diez minutos luz. Una erupción enorme, insólita, mucho mayor que la que haya producido cualquier estrella en diez millones de años. Un estallido de tanta fuerza que Equanus se abrasó. La atmósfera y los océanos se evaporaron en cuestión de minutos; la tierra se convirtió en ceniza carbonizada. Nuestros científicos supieron que ocurriría, pero ya era demasiado tarde. Llegó antes de que nadie tuviera la menor esperanza de escapar. Supieron que iba a ocurrir, y supieron que no podían hacer nada. Las líneas de comunicación del planeta quedaron saturadas por todas las personas que llamaron para decirse adiós.

Podía percibir que Jos le escuchaba; pudo sentir que la rabia del humano se mitigaba ligeramente, y vio que le había aturdido el impacto de tantas muertes. Era lógico, se trataba de un médico. La verdad era que, en ese momento, a Merit le daba igual, como le daba igual caer bajo fuego amigo al minuto siguiente. Lo único que le importaba era contar su historia.

—Todos los equani, casi mil millones de seres… nuestro arte, nuestra civilización, nuestras esperanzas, sueños, todo, quedaron reducidos a cenizas en un momento, Jos. Se fueron. Murieron. Para siempre.

—Lo… siento —repuso Jos despacio—. ¿Pero qué tiene que ver eso con esto?

Hizo un gesto con la pistola, como para abarcar la situación en la que se encontraban, y Merit podría haber aprovechado el momento para matarlo, para reventarle el pecho con su arma de mano.

Pero no lo hizo.

—¿Que qué tiene que ver con esto? Es muy sencillo: esa explosión solar no fue un desastre natural, doctor. La República, la gloriosa, maravillosa y benigna República Galáctica y sus líderes militares estaban probando una nueva arma. Un revienta-planetas, un superartefacto para desarrollar una especie de estación de combate definitiva. La dispararon contra el sol, y fallaron. Los científicos y militares que crearon esa abominación tenían una base en nuestra luna. La explosión también los alcanzó a ellos. Es poco consuelo para mí y para los equani que no estaban en el planeta cuando éste fue asesinado.

—Yo… yo no sabía nada de esto.

—Claro que no. No es algo que la República esté ansiosa por dar a conocer a la galaxia. Lo taparon, pero yo me las arreglé para averiguarlo. La República acabó con mi especie, Jos. Ni juntando a todos los supervivientes habría suficiente como para repoblar otro planeta. Sí, puedes decirme que aquellos que pulsaron el botón también murieron, pero ¿qué pasa con los que les enviaron allí? ¿Qué pasa con los burócratas responsables de ello? Ellos siguen riendo, amando, comiendo y durmiendo… Siguen vivos. ¿Me preguntabas por qué? Pues por eso, Jos.

La mano con la que Jos sujetaba el arma descendió ligeramente, y, por un momento, Merit pensó que quizá, sólo quizá, su antiguo amigo y paciente daría marcha atrás. Pero entonces la expresión y la postura de Jos se reafirmaron.

—No puedo ni imaginarme cómo te sentiste —dijo él—, pero sé cómo me siento yo. Puede que la muerte de un solo ser no pueda compararse con la muerte de un planeta entero, pero la pérdida es la pérdida. El dolor es dolor. ¿Crees que los padres de Zan sienten menos dolor que tú?

—¡Han perdido a un hijo! ¡Yo perdí a mi planeta! ¡Cientos de millones de hijos, hijas, madres y padres, Jos! No puedes comparar. Fue un crimen desmedido.

Jos negó con la cabeza.

—Independientemente de las razones que tuvieras, del dolor… lo que hiciste estuvo mal.

—Es obvio que yo veo las cosas de otro modo —Merit abrió las manos.

Ahora tenía el brazo derecho apuntando directamente a Jos. Sólo debía flexionar la muñeca—. Bueno. ¿Qué vas a hacer, Jos? ¿Me vas a disparar? —De verdad que no quiero, Klo, ni siquiera tras lo que has hecho. Pero no puedo dejar que te vayas. Barriss ha ido a avisar a Vaetes. Pronto vendrán los de seguridad.

Merit negó con la cabeza.

—Pero yo no estaré aquí Jos.

—Sí que estarás.

Un momento antes, Merit habría jurado que Jos le dispararía. Pero ahora, tras escuchar su historia, el mentalista se dio cuenta de que algo había cambiado. La resolución del hombre ya no era tan firme.

—No vas a utilizar esa arma, Jos. Te conozco. Eres médico, un hombre compasivo. Salvas vidas, no las quitas. Te he visto en ocasiones aguantar durante un día entero, completamente exhausto, apenas capaz de mantenerte en pie, sólo por salvarle la vida a un clan. No puedes hacer esto. Va en contra de todo lo que eres.

Jos no era hombre de armas. Merit sabía que podía matarle en un abrir y cerrar de ojos. Pero no lo necesitaba. Jos no iba a disparar.

Merit empezó a retroceder hacia la puerta.

—¡No lo hagas, Klo!


~
Jos apuntó a Klo con la pistola láser.

—¡No lo hagas, Klo!

El gran equani siguió retrocediendo.

Jos recordó la visión de Zan muerto en el suelo de aquella nave. Él mismo había sufrido lesiones entonces, y las contusiones apenas le permitieron moverse. Le había costado sudor y lágrimas arrastrarse por el suelo para llegar hasta su amigo.

Matar a Merit no le devolvería a Zan. La venganza no le devolvería a nadie. Y Klo tenía razón: Jos salvaba vidas, no las quitaba.

Pero si Klo se iba, continuaría trabajando para los separatistas, continuaría haciendo daño a la República. ¿Cuántos morirían debido a aquel odio, a esa necesidad de venganza? Fueran uno o mil, si le permitía escapar, la responsabilidad de esas muertes recaería también sobre sus hombros. Porque él podría haber detenido a Klo Merit. Allí. Ahora.

—¡Klo!

Merit dio otro paso atrás. El sensor de proximidad de la puerta trasera registró su presencia y se abrió.

Jos respiró hondo, apuntó… y disparó.

Hubo una explosión, un estruendo de trueno, una luz cegadora. El dolor le atravesó. Gritó, se sintió caer…

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L

a cúpula de fuerza explotó.

Irónicamente, fue un rayo de la tormenta, y no de partículas, lo que acabó por sobrecargar la barrera. Por un lado, fue una suerte, como reflexionó Den, aunque el rayo fue lo bastante potente como para ponerle a todo el mundo los pelos, los tentáculos o lo que fuera, de punta, ya que ese rayo no llegó acompañado de lo realmente horrible, que eran los rayos gamma. Pero los agradecimientos tendrían que quedar para más tarde. En ese momento, Den estaba demasiado ocupado ocultándose bajo una mesa en la cantina como para pensar en otra cosa que no fuera escapar. Las naves llevaban una hora trasladando pacientes, y sabía que los siguientes en subir a bordo serían los civiles como él. Después le tocaría a los oficiales y, por último, y siempre que quedara alguien para entonces, los soldados clan.

Ese orden le parecía estupendo. En lo que a él se refería, tenía intención de ser el primero en la cola de los civiles.

I-Cinco estaba a su lado, agazapado bajo la mesa. Los fotorreceptores del androide estaban oscuros; había optado por apagarse cuando el juego entre las fuerzas elementales llegó a su apogeo. Aunque su cubierta solía bastar para soportar las ondas electromagnéticas, ¿por qué arriesgarse? Acababa de recuperar su memoria y no quería volver a perderla.

Den encendió el interruptor de la nuca de I-Cinco.

—Nos vamos —le dijo.

—Tú quizá. La salida de los androides está programada para después de las tropas, si mal no recuerdo.

Den cogió a I-Cinco de la mano y tiró de él hacia la puerta. La cantina estaba desierta. El personal y los camareros ya estaban en los hangares de lanzamiento, esperando a embarcar. Vio varias cajas de vinos de cosecha y alcohol que le hubiera encantado llevarse consigo, pero dudaba que reunieran los requisitos necesarios.

—No eres un androide —dijo Den mientras ambos salían del edificio hacia la tarde llena de humo.

—¿Ah, no?

—No. Eres un enviado diplomático en misión para los Jedi. Eso te lleva directamente al principio de la cola —un impacto de mortero a menos de un klick les llenó de barro—. Suponiendo que lleguemos a la cola —añadió.

—¿No pasamos ya por esto hace unos meses?

—Sí, pero la última vez sólo perseguían hacer retroceder las líneas enemigas para hacerse con más bota. Esta vez quieren eliminarnos. Ya no les queda nada que perder.

Otra explosión, esta vez demasiado cerca. Apenas se hacían intentos de levantar el campamento, según pudo ver Den. Los androides trabajadores se concentraban en salvar las provisiones y lo poco que quedara de bota útil.

Den tropezó y estuvo a punto de caer en un cráter. I-Cinco tiró de él y le puso en pie de nuevo.

—La pista está ahí delante —dijo el androide—. A poco más de quince metros.

Den intentó responder, pero de repente todo se llenó de un humo ácido, llenándole los agujeros de la nariz. Tosió, luchando por respirar aire limpio, pero no lo consiguió.

De repente sintió que le alzaban por los aires. I-Cinco le estaba llevando en brazos, avanzando a largas zancadas hacia el hangar de despegue. Den intentó respirar, pero siguió sin conseguirlo.

Me está llevando con mucha más facilidad que la que yo tuve para llevar la quetarra de Zan, pensó. Y fue el último pensamiento coherente que tuvo en un tiempo.

42


M

ira… ya vuelve en sí —dijo la voz de Barriss. Sonaba hueca, como procedente de un pozo.

Jos intentó abrir los ojos, pero la luz blanca le cegó.

—Zan —intentó decir—. No lo hagas. No te mueras…

Pero ya era demasiado tarde. Y sabía que si abría los ojos vería el cuerpo sin vida de Zan tumbado sobre la cubierta. Y no quería verlo, no quería verlo otra vez…

—Jos —sintió unas manos cálidas—. Jos, soy Barriss. Todo va bien.

Vuelve con nosotros.

Jos abrió los ojos. La luz no fue tan intensa en ese momento. Parpadeó Y se centró en Tolk, que lloraba sonriendo mientras le miraba.

—¿Dónde estamos?

—En el hangar de heridos uno de la MedStar —dijo ella.

Jos se apoyó sobre un codo.

—¡Auch! —le dolía la cabeza. Se tocó la venda de sintocarne de la cabeza. Uli le quitó la mano.

—Cuidado, campeón. Tienes suerte de seguir vivo. Se te cayó el techo encima. Tienes una contusión.

—Merit —susurró Jos—. ¿Qué pasó? ¿Está…?

—Está muerto, Jos —dijo Barriss con suavidad.

Jos vio al coronel Vaetes y al almirante Keros de pie junto a Tolk y Barriss.

—Merit intentaba escapar. Yo le disparé —dijo Jos.

—Hiciste lo correcto, Jos —repuso Vaetes.

—Sí —añadió el tío Erel—. Impediste la huida de un peligroso agente enemigo, arriesgando tu propia vida.

—Cuando Uli, los de seguridad y yo llegamos allí te encontramos a ti inconsciente y a Merit muerto. Llevaba un arma escondida en la manga, pero no tuvo oportunidad de usarla. Uli te metió en el transporte —alzó la mano derecha para saludarlo en silencio—. Bien hecho, capitán —bajó la mano y añadió—: Estoy orgulloso de ti, sobrino.

—No estoy seguro… —dijo Jos.

—¿De qué?

—De si lo hice porque sabía que iba a causar más muertes y dolor o por… —se quedó en el aire.

—¿Por Zan? —dijo Tolk.

Jos asintió.

—Da igual. Había que detenerlo. Tú lo conseguiste. De lo demás ya nos ocuparemos luego. Tenemos tiempo de sobra.

Era cierto, lo había hecho. Había matado a otro ser vivo. Daba igual el porqué, daba igual si había una razón buena y adecuada para ello. Él, un médico, había destruido una vida. Jos sabía que le quedaban unas cuantas noches de insomnio por delante como resultado.

Pero, como dijo Tolk, ¿qué otra cosa podría haber hecho? Jos empezó a agitar la cabeza confuso, y gruñó.

—Cuidado —dijo Uli—. Tienes que dejar que el pegamento se seque.

—¿Y el Uquemer? ¿Qué ha pasado?

—Mira —la voz de Den se oyó cercana. El periodista e I-Cinco acababan de entrar, y Den señaló un ventanal. Tolk y Barriss ayudaron con cuidado a Jos a levantarse.

El cuadrante inferior del continente sur parecía estar completamente en llamas: las espesas nubes de humo se repartían por la atmósfera superior, vagando sobre el mar de Kondrus.

—Adiós a la bota —murmuró Den.

—Los separatistas también han emprendido la huida —dijo Vaetes—. Hemos conseguido salvar la mayor parte de las tropas.

—¿Cómo? —preguntó Vli—. Daba la impresión de que iban a aplastarnos.

—Así —dijo Vaetes, señalando a otro ventanal. Uli se acercó y miró hacia afuera.

—¡Vaya!


Barriss vio por el lado de babor una nave enorme en forma de cuña, cargada de armamento, avanzando lentamente hacia ellos.

—Es un destructor estelar de la República —dijo ella—. Clase Venator.

—El Resolución. Lo han enviado para barrer esto y escoltamos de vuelta a los sistemas del Núcleo —dijo el almirante—. La batalla de Drongar ha terminado. Allí ya no queda nada por lo que luchar. Hemos salido con dos toneladas métricas de bota que los androides están sellando en carbonita lo más rápido que pueden. Todavía no tenemos información sobre cuánto se han llevado los separatistas.

—Dada la intensidad de su bombardeo de saturación, me sorprendería que hubieran conseguido mucho —musitó Vaetes.

—Tengo que tumbarme —dijo Jos—. Estoy un poco cansado.

Barriss y Tolk le volvieron a llevar a la cama. Se sintió genial. Cerró los ojos, y las distintas conversaciones de su alrededor se fundieron en un zumbido lejano, como los sonidos de los picotones y los chinches ígneos de las calurosas noches de Drongar…


~
Barriss escuchó a medias las conversaciones a su alrededor mientras reflexionaba sobre cómo había salido todo al final. Dos toneladas métricas de bota en buenas condiciones le parecían una recompensa pequeña para todo lo que se había invertido en dolor y muerte. Se dio cuenta de que Den la miraba con una sonrisilla, y le devolvió el gesto.

I-Cinco se acercó a la Jedi.

—Supongo que mi misión a Coruscant ya no tiene la misma prioridad que antes —dijo— porque tú también vas para allá.

—Así es. Pero guarda el frasco de extracto. Todavía quedan muchos pársecs de aquí al Núcleo y podría pasar cualquier cosa.

I-Cinco vaciló.

—Como te podrás imaginar, no soy partidario de decir este tipo de cosas, pero algo me lo pide…

—¿Intuición? —le interrumpió ella, con una sonrisa.

—Quizás. En cualquier caso… que la Fuerza te acompañe, Jedi Offee, Ella asintió en un gesto de aprobación y le puso una mano en el hombro.

—Que tengas suerte en tu búsqueda, I-Cinco, y que la Fuerza te acompañe también.

Él se alejó, mientras ella se volvía para mirar por la escotilla. Vio que estaban saliendo de la órbita. Drongar estaba cada vez más lejos, mientras la fragata MedStar, acompañada por el Resolución, se adentraba en el espacio interplanetario.

Su misión había terminado. Si todo iba bien, en un par de días estándar volvería a estar ante la Maestra Unduli en el Templo Jedi, pero no como padawan, sino como una Jedi de pleno derecho. Se preguntó qué nuevas misiones, qué nuevas aventuras la esperaban después de eso.

Fuera lo que fuese, Barriss Offee sabía que se enfrentaría a ellas segura de contar con el abrazo protector de la Fuerza.


~
—Bueno —dijo Den a I-Cinco—. Parece que, después de todo, tu viaje a Coruscant no te va a costar tanto.

—Sólo la destrucción de medio planeta. A mí sí que me parece un poco caro —respondió el androide—. ¿Y tú, Den Dhur? ¿Adónde te diriges?

Den agitó las aletas, pensativo.

—Lo cierto es que debería ir a Sullust. Hay una hembra muy atractiva y todo un clan esperándome allí, ya sabes. Tienen una gran opinión de mí en mi planeta.

—Ya me lo has dicho. Varias veces.

Den suspiró. Una vida de adoración patriarcal y valoración. Había sido fácil echar de menos su planeta mientras sudaba la vida en Drongar, pero ahora recordaba la razón principal por la que se marchó de casa: Sullust era aburrido.

—Pero la verdad es que Eyar todavía tardará un tiempo en llegar allí. No tengo prisa.

—Se puede ganar dinero en el Subsuelo Sur de Coruscant, si, por ejemplo, se necesita para, digamos, una dote —dijo I-Cinco—. Y a mí no me importaría un socio que no atrajera la preocupación de las autoridades sobre mi propietario. Por muy irritante que me parezca el subterfugio, lo cierto es que es necesario.

Den asintió. Siempre había marcas fáciles de encontrar en las mesas de sabacc de sitios como el club Outlander. No hacía mal a nadie ganando unos créditos mientras se pensaba un poco más la oferta de Eyar…

Miró hacia arriba, al androide.

—I-Cinco —dijo—. Creo que esto podría ser el principio de una amistad muy lucrativa.

Epílogo


M

ás tarde, cuando todos se marcharon, Jos Vondar y Tolk la Trene se abrazaron y observaron el firmamento a través del visor.

—¿Seguro que esto es lo que quieres? —preguntó ella.

Él asintió.

—Estoy seguro. ¿Y tú? Ella sonrió.

—Yo iré adonde tu vayas. Pero prométeme que no tendré que ser ni la cocinera ni la asistenta.

—No nos quedaremos si las cosas se ponen difíciles —dijo Jos—. No permitiré que vivas como una paria. Pero se lo debo a mi familia, y te lo debo a ti. Al menos hay que intentarlo.

Se oyó una voz desde atrás.

—Habrá al menos un miembro de la familia que estará de vuestro lado —sorprendido, Jos se giró para ver al tío abuelo Erel sonriendo desde la puerta.

—He pedido que me re asignen a la Base de Borellos en Corellia —dijo él—. Si vas a volver para enfrentarte a ese prejuicio, Jos, yo no puedo ser menos.

Jos le miró, incrédulo.

—¿En serio?

—Totalmente. Me he pasado casi toda la vida solo. Ahora que tengo algo de familia, no pienso renunciar a ella.

Tolk le abrazó.

—Entonces, bienvenido a casa, tío Erel.

Y, mirando a los dos, a su prometida ya su tío, Jos se dio cuenta de que toda la lucha llevada a cabo en Drongar por la droga milagrosa del momento había sido inútil. Porque la verdadera panacea de los problemas que azotaban a la humanidad o a cualquier otra especie viva de seres orgánicos, cibernéticos, clones o lo que fuera, ya llevaba milenios descubierta, desde que los seres miraban con recelo a las estrellas. Se podía llamar Fuerza, amor o de cualquier otra forma, pero Jos sabía que no podía encontrarse en los pantanos de algún planeta lejano, sino en las profundidades inexploradas del corazón.

Su intercomunicador resonó, y una voz les advirtió que se prepararan para saltar al hiperespacio. Jos cogió a Tolk de la mano mientras el hipermotor se activaba, y salieron del Borde, hacia el luminoso centro de la galaxia.


FIN

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